El cubo y la arquitectura de formas puras

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Publicado en: Café de las ciudades, año 3, número 20, Argentina.
Por Ariel Cavilli
– Fuente: www.cafedelasciudades.com.ar/cultura_20.htm
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Acabo de revivir la fascinante 2001, Una odisea del espacio; la visión cinematográfica de Kubrick comparte con la de menor calibre de Star Trek: Primer contacto un mismo interés por las formas puras. La omnipresencia del monolito negro de proporciones, posado como siniestra losa o lápida sepulcral, entronca con el mismo deseo intemporal del fascinante cubo Borg. La segunda película impone un colosal hexaedro regular de piel fuertemente texturada desplazándose en posición rotada-diagonal. La rugosidad exterior demuestra un interior con cavidades, una extasiante lógica de infinita repetición y superposición reticular, como aquellos laberintos homogéneos de Escher. Otra incursión en Internet me colocó en el hallazgo de un semejante interés arquetípico-formal; se trata pues de una exposición de arquitectura de cubos organizada por Exposeum. Contiene nueve proyectos que exhiben distintas escalas, aproximaciones y matices del cubo como pensamiento fundante.

“La arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz. Nuestros ojos están hechos para ver las formas bajo la luz: las sombras y los claros revelan las formas. Los cubos, los conos, las esferas, los cilindros o las pirámides son las grandes formas primarias que la luz revela bien; la imagen de ellas es clara y tangible, sin ambigüedad. Por esta razón son formas bellas, las más bellas. Todo el mundo está de acuerdo con esto: el niño, el salvaje y el metafísico. Es la condición esencial de las artes plásticas”. Le Corbusier y su Hacia una Arquitectura resonaba así para atrapar la emoción de las intemporales formas primarias. Una arquitectura que traspasa los tiempos: “las Pirámides, el Templo de Luxor, el Partenón, el Coliseo, la Villa Adriana, las Torres de Babilonia, el Puente del Gard, Santa Sofía de Constantinopla, las mezquitas de Estambul, la Torre de Pisa, las cúpulas de Brunelleschi y de Miguel Angel, el Pont-Royal, los Inválidos”.

El que miraba aviones y barcos y creaba la más nueva arquitectura no se había olvidado de mirar a la historia, de destilarle una lección. Sus viajes, sobre todo la brillante luz del mediterráneo proyectando sombras a los volúmenes puros y blancos recortados sobre el cielo azul, habían impactado en su retina. Una arquitectura que anima contundentes siluetas, que recorta sus geométricas líneas para bañarlas en la alegría del sol, convoca el símbolo, lo construye. El golpe de la imagen brutal conmociona, impregna los instintos, transporta al territorio de lo sublime. Una arquitectura así no puede conectarse con su entorno inmediato o real, ella es la realidad, el artificio productor de esa realidad. Ninguna mimesis es posible porque traspasa, arrolla y supera la referencia, ella es la referencia: allí, la abstracción y su poder.

El arquitecto, como un alquimista y mago, reúne las cantidades justas, convoca los elementos y produce vida. Para los griegos antiguos, la medicina es curar o restablecer el equilibrio, lo que implica dosificar cantidades exactas, al igual que la música es otra relación matemática-numérica de longitudes de cuerda. Ambas, igual que la arquitectura, persiguen la belleza de la medida, la proporción y la armonía. Le Corbusier, un admirador del antiguo mundo clásico, creía también en el número como dador de proporción y orden. Un número que esculpe belleza, que traza nuevas proporciones áureas, una arquitectura que se sumerge en los elementos vitales del sol, el aire y el verdor; una nueva interacción de elementos para engendrar y destilar un nuevo ordenamiento cósmico-simbólico. O dicho según el propio Le Corbusier: “La arquitectura tiene que establecer, con materias primas, relaciones conmovedoras. La arquitectura es plástica.[…] El sentido de las relaciones; la arquitectura rige las cantidades”. Una arquitectura donde, como lo expresa Giedion, “lo que importa es el espacio que emana la fuerza de los volúmenes o la relación de los volúmenes en el espacio”. Se trata pues de un espacio irradiante y concentrador, un espacio que nos remite al orbe emotivo-primigenio como en Sumer, Egipto y Grecia, o también a la arquitectura mesoamericana precolombina. Espacio, Tiempo y Arquitectura, de Giedion, expresa este importante vínculo, revela este lugar desde el cual están pensados – creados. Nos agrega: “las formas no están limitadas en su extensión material pues se dilatan y modelan el espacio”.

Acaso el mundo antiguo griego y su pensamiento mítico sirva para aclarar esta aproximación transhistórica moderna. Precisamente Apolo encarna las potencias lumínico-solares a las que se refiere y sobre las que edifica su arquitectura el propio Corbu. Es la divinidad fundamental del acto fundacional – creador, dador de vida e instalador del fuego de Hestia, símbolo de armonía celestial y anclaje ctónico. Al nacer, pide una lira y un arco; con el primero irá haciendo música, símbolo de orden cósmico de medida y proporción, con el arco cazará animales y será temido como el flechador que no falla nunca sus dardos, precisamente porque encarna verdad, razón y justicia. Es un dios limpiante y abridor de caminos, una potencia reveladora, “aclaradora”, evocado por las visiones de un viajero que vuelve a convocar los elementos primarios.

En Kahn encontramos también otro alquimista de formas arquetípicas, otro amante de la historia y también otro viajero del mundo antiguo y clásico. Como en Le Corbusier, una sed metafísico – simbólica anidará en un deseo de “volver a los orígenes”, de descubrirlos y animarlos, de delinear la trascendente “voluntad de ser” de un edificio. Como la plasticidad primigenia de Corbu, Kahn es también amante de la masa y el peso, su mirada apuntará directamente a lo romano y medieval, también al orden egipcio. Veamos su paradigmática biblioteca para la academia Phillips Exeter, Exeter, New Hampshire (1967-72). De afuera, una irrefutable presencia de cubo de ladrillo se impone; de la inmaterial tierra de los orígenes surge el sólido platónico. Horadado por los agujeros de una galería perimetral continua y otra secuencia análoga en la parte superior y, con una audaz incisión en las cuatro aristas, se descubre por sus sombras la potencia de la masa que invita al visitante a descubrir un mundo interior. Aquí, el espacio que emana la fuerza del volumen se combina con la potencia de un interior destilado de la impronta romana del “centro” y con la subversión de la propia formación Beuax Arts de Kahn. La regularidad de la fachada en cuanto a secuencia o ritmo repetitivo deviene en una imagen neutra no jerarquizada; ningún elemento funcional es diferenciado, ni siquiera el acceso. Tendrá que ser descubierto por el visitante en su recorrido por la galería circular. La conceptualización de una biblioteca concebida como santuario de libros ocupa el primer orden de decisiones: lo que Kahn llama “el deseo de ser” o “el qué” del edificio será lo que condicionará el “diseño” o “el cómo” específico de él. Esta aproximación explica el tratamiento del acceso como el de toda la regularidad exterior, un santuario bastante opaco que guarda un misterio a descubrir: el tesoro de los libros. La potente visión del libro como objeto de reverencia da cuenta del enfoque místico-religioso de Kahn. Una vez dentro, la potencia del símbolo revela su sentido, la conmovedora sensación de lo sublime, la ominosidad del espacio central desvela la guardada gema. El cubo como volumen contiene otro cubo en su interior: es un vacío central, un ahuecamiento llenado sólo por la presencia de la luz celestial. Cierto estupor o inquietud deberá ocurrir cuando el visitante resulte envuelto, rodeado o superado por la reverencia del libro. Similar a cierta espacialidad de Giovanni B. Piranesi, se consigue el traspaso experimental de lo sublime, acaso la sensación de ser transportado o empujado a otro mundo. Con un repertorio de un cómo o diseño coherente con la idea, con el destilado de un cuidadoso conocimiento de la espacialidad eclesial paleocristiana y románica, Kahn reafirma el espacio interior. Como una muñeca rusa, todo el edificio es un juego de cubos o prismas contenidos.

La Kaaba en La Meca, el proyecto de L’Arteplage realizado por Jean Nouvel para la Expo.02 o el Museo de la Ciencia de Gianfranco Spada, presentados en Exposeum son, como el monolito de Kubrick, prismas venidos de un mundo más allá: aterrizan o flotan para revelar un sentido, vinieron para decir algo y ese algo aspira a una permanencia. También, como en el cubo de Kahn, son santuarios, protegen o guardan un secreto de enorme poder simbólico. No distinto al santuario de Delfos que guardaba el Onfalos, la piedra cónica de primordial importancia simbólica que era considerada el ombligo del mundo para la cultura Griega.

Como los grandes edificios de la historia, el ardiente deseo de las formas puras continuará iluminando la arquitectura. Así lo demuestra la exposición virtual de arquitectura de cubos Exposeum. La temática del cubo nos abre nuevamente al símbolo de la forma y a la huella de Mnemósine. Después de todo, las musas de la imaginación fueron las engendradas por Zeus, padre de Apolo, y la potencia de la memoria.

AC

El autor es arquitecto por la Universidad de Buenos Aires, donde ejerció como docente hasta su traslado a Barcelona, ciudad en la que reside desde 2001 y donde trabaja como arquitecto y crítico de arquitectura. Actualmente desarrolla, entre otras actividades, su tesis doctoral La ciudad y lo sublime, en la Universidad Politécnica de Catalunya.

La exposición “Cubos, arquitecturas al cubo” presenta muestra nueve proyectos arquitectónicos, nueve cubos, de Jean Nouvel, Aldo Rossi, Julio Cano Lasso, Gianfranco Spada, Adalberto Libera u Otto Von Spreckelsen, entre otros, que destacan por su singularidad y por su intencionalidad en la aproximación al universo expresivo del cubo. Puede visitarse online en Exposeum.com

Dirección de la exposición: Luisa Arienti.
Coordinación: Mª Teresa Pascual Martínez.
Diseño y producción: Exposeum.com
Infografía: Javier Ruiz Dolz.
Textos: Alberto Bolugno, Carmen Ruiz Esteve, David Frontignan.
Documentación: Mario Rossi, Cristina González Roca, Manuel Rodríguez Chisbert y Vicente López González.

El Museo de exposiciones Exposeum tiene como objetivo la investigación y difusión del arte del sigloXXI. Su programa de actividades ofrece: colecciones permanentes, exposiciones temporales, conferencias, forum de discusiones, talleres y edición de publicaciones. El programa de exposiciones de Exposeum se centra en los temas actuales del panorama artístico internacional, que, por su vertiente innovadora, no tienen cabida en los espacios expositivos tradicionales.